El espejo, medio de comunicación por excelencia con nosotros mismos, es una frontera, un objeto que desde siempre acompaña al ser humano en su continua evolución, desmembrando a la persona duplicando, o mejor dicho, reflejando su identidad.
El espejo en tal acepción, es decir, como puerta a través de la cual
vernos a nosotros mismos, no sufre, aparentemente, ninguna modificación en la era electrónica, quedando indiferente a los procesos de remediación que todos los demás medios sufren.
Sin embargo, esto no es más que una ilusión, ya que, en una sociedad
dominada por la hipertrofia de la visión, el espejo está cada vez más
contaminado por los lenguajes audiovisuales, volviéndose el mismo un medio electrónico. Las webcams, de las que todos los ordenadores y device móviles están dotados, más que ser medios para enseñar, lo son para enseñarse. Pero en la hipermedialidad de los medios electrónicos, esta imagen del sí mismo, sufre una mutación, abriendo nuevas posibilidades y definiendo nuevos confines, convirtiéndose en un medio para la construcción de una realidad aumentada en el que el centro de gravedad es la persona misma, o un medio para poner en escena una muestra de las atrocidades.
La obra quiere reflexionar entre las relaciones entre la imagen del sí
mediada por el espejo que refleja una realidad que sólo es aparentemente verosímil.
Con el pasar del tiempo la imagen se degrada, se replica, quedando
reconstruida en su progresión temporal. Loops, cortes y yuxtaposiciones
que cogen al individuo por sorpresa, minando la fidelidad de la capacidad de representación de la que el espejo parece todavía gozar hoy en día.
La imagen es así, alusiva e “ilusiva”, manipulada en su apariencia pero
fielmente mostrada en su realidad esencial. Una imagen que en la era
electrónica no puede ser verosímil, sino sólo reconstruida por adicción.
El baño es el lugar principalmente elegido para nuestro propio mirarnos y hablar con nosotros mismos, por eso la obra trata de recrear la condición familiar invitando al espectador a una acción muy sencilla y cotidiana: ponerse guapo delante del espejo, como antes de salir de casa.
Sólo que el espejo que tiene delante no es lo que parece, no es más que un fantasma, simulacro de una actitud ya desaparecida a la que acercarse con aquella nostalgia del sabor post-moderno que es ya recuperación, mezcla y contaminación.
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